Informe económico mensual realizado por el área de Economía de PwC Argentina.
A seis meses del inicio del esquema monetario, los datos muestran avances relevantes en acumulación de reservas y absorción de liquidez. La demanda de dinero y el crédito vienen un poco más lento. Este balance parcial plantea las claves para entender cómo podría evolucionar la nominalidad y la actividad en la segunda mitad del año, donde la dinámica salarial podría sumarse como catalizador de la remonetización.
El sector de petróleo y gas se consolidó como uno de los más dinámicos y con mayor potencial de la economía argentina. En un contexto de crecimiento sostenido de la demanda global de energía, su expansión reciente (impulsada por los recursos no convencionales de Vaca Muerta, segunda mayor reserva mundial de gas no convencional y cuarta de petróleo no convencional) fortalece el autoabastecimiento, reduce la dependencia de importaciones y posiciona al país como un exportador energético relevante. Así, el sector se perfila como un motor clave del crecimiento futuro y una fuente estratégica de divisas, con proyectos vinculados al RIGI que prevén inversiones por USD 71,4 mil millones.
El 23 de mayo del corriente año el Poder Ejecutivo Nacional elevó a consideración del Congreso el proyecto de ley que instaura el “Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones en Nuevas Industrias”, comúnmente denominado “Súper RIGI”, obteniendo media sanción en la Cámara de Diputados.
La industria de entretenimiento y medios se encuentra en un punto de inflexión. Tras más de una década de transformación impulsada por la digitalización, el sector ingresa en una etapa de consolidación, donde el crecimiento continúa, pero bajo nuevas reglas. La expansión de los ecosistemas digitales, la fragmentación de las audiencias y la proliferación de plataformas redefinieron la lógica de consumo, dando lugar a un entorno más competitivo, dinámico y orientado a datos.
Economista Jefe de PwC Argentina
Junio dejó una combinación de señales que, tomadas en conjunto, permiten leer algo más que una mejora coyuntural en los mercados. Por un lado, Argentina recibió nuevas validaciones externas, donde obtuvo la mejora de calificación por parte de dos agencias internacionales, lo que permitió la compresión del riesgo país por debajo de los 450 puntos básicos, y el avance de esquemas de garantías multilaterales para facilitar el acceso a financiamiento privado. Por otro lado, la decisión de Morgan Stanley Capital International (MSCI) de no avanzar con una reclasificación del mercado argentino recuerda que la normalización financiera no depende solamente de la solvencia soberana, sino también de la accesibilidad, profundidad y previsibilidad del sistema financiero local.
La distinción no es menor. Las mejoras de calificación de Fitch y S&P reflejan que el mercado empieza a reconocer una macroeconomía con fundamentos más ordenados, con eje en el superávit fiscal, la acumulación de reservas, menor inflación y una cuenta externa fortalecida por sectores que generan divisas. Los datos de comercio exterior lo confirman. El saldo comercial acumulado a mayo ya supera el superávit registrado durante todo 2025.
No se trata solo de una mejora en una nota crediticia, sino de un cambio en la percepción de riesgo. La caída del riesgo país por debajo de 450 puntos básicos es relevante precisamente porque ese nivel había operado como una barrera difícil de quebrar, aún en un contexto de mejores datos macroeconómicos. De hecho, se trata de los niveles más bajos desde comienzos de 2018, lo que refuerza la idea de que el mercado no está reaccionando a un dato puntual sino a un cambio de régimen percibido. En ese sentido, el mercado parece haber comenzado a descontar que Argentina dejó atrás, al menos por ahora, la fase más aguda de fragilidad financiera.
El avance de las garantías internacionales refuerza esa lectura. La aprobación de una garantía del Banco Mundial por USD 2.000 millones, junto con los esquemas en evaluación por parte del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), no debe interpretarse simplemente como una asistencia financiera adicional. Su importancia radica en que permite reducir el costo de fondeo en un contexto internacional que se volvió menos benigno. Aún con una mejora del riesgo argentino, las condiciones externas siguen siendo exigentes. La expectativa de tasas de interés más altas, o de una baja más lenta, por parte de la Reserva Federal encarece el crédito global y reduce el apetito por riesgo emergente. En ese marco, las garantías multilaterales funcionan como un puente para mejorar las condiciones de acceso al financiamiento sin exigir que Argentina enfrente sola un mercado internacional todavía caro y selectivo. En lo inmediato, la combinación de los depósitos en dólares que mantiene el Tesoro y el financiamiento que se obtendrá a través de estas garantías deja prácticamente asegurado el pago de capital e intereses a bonistas previsto para julio, despejando la incertidumbre de corto plazo sobre la capacidad de pago.
Resuelto el frente de corto plazo, el panorama externo impone sus propios condicionantes. El acuerdo entre Estados Unidos e Irán y la consecuente caída del precio del petróleo redujeron parcialmente la prima de riesgo geopolítico y alivian presiones sobre costos energéticos y logísticos. Sin embargo, ese alivio no elimina la volatilidad internacional.
El cambio al frente de la Reserva Federal introdujo un sesgo más hawkish en la comunicación de política monetaria, lo que mantiene la presión sobre tasas y modera el apetito por activos emergentes. Para Argentina, la baja del petróleo tiene un efecto mixto, por un lado, ayuda a la desinflación y beneficia a los sectores intensivos en transporte y energía, pero también modera parte del impulso de precios que favorecía a los exportadores energéticos.
Lo relevante, entonces, no es solo el signo del shock externo, sino la capacidad del país para absorberlo desde una posición macroeconómica más sólida que en episodios anteriores.
La decisión de MSCI introduce un contrapunto. La mejora en el crédito señala solvencia; la falta de reclasificación expone que la normalización del sistema financiero aún está incompleta. MSCI no evalúa únicamente capacidad de pago soberana, sino condiciones y acceso de inversores extranjeros, liquidez, instrumentos disponibles, marco operativo y estabilidad regulatoria.
En ese plano, Argentina todavía arrastra restricciones que la separan de una economía plenamente normalizada. La persistencia del cepo para empresas, aún con avances en otros frentes, sigue siendo una señal de que el mercado cambiario y financiero no opera todavía bajo condiciones completamente comparables a las de otros mercados emergentes.
Esto no significa que Argentina no sea atractiva para la inversión. De hecho, ocurre lo contrario en varios sectores. Los proyectos de energía y minería asociados al RIGI muestran que el país está atrayendo capital productivo de largo plazo, especialmente allí donde existen recursos, escala y reglas específicas que mejoran la previsibilidad. En este contexto, Argentina está logrando canalizar inversión hacia sectores con fundamentos estructurales muy fuertes, y es de esperar comience a expandirse gradualmente hacia el conjunto del sistema financiero y productivo. La inversión existe; y el proceso en marcha apunta a que la normalización permita que trascienda a los actuales sectores dinámicos o esquemas específicos, volviéndose cada vez más transversal.
Algo similar ocurre con la actividad. Los datos del primer trimestre publicados por el INDEC muestran un PIB creciendo más fuertemente de lo que se venía estimando, aunque con un patrón marcadamente heterogéneo. Los sectores vinculados a la generación de divisas —agro, energía, minería y algunos servicios— continúan liderando, mientras que otros rubros más asociados a la demanda interna comenzarán a alinearse progresivamente con la recomposición del crédito, el salario real y la baja sostenida de la nominalidad.
En ese frente hay señales incipientes, donde los salarios del sector privado registrado mostraron una recuperación en términos reales en abril, y considerando la desaceleración de la inflación observada en mayo —y la que nuestros indicadores adelantados marcan para junio—, es probable que esa recomposición se haya sostenido en los meses más recientes. Sin embargo, la dinámica del empleo refleja la misma heterogeneidad. La tasa de desempleo durante el primer trimestre cayó solo marginalmente respecto al mismo período de 2025.
Asimismo, la creación de puestos de trabajo no fue suficiente para absorber una mayor tasa de actividad, aunque tampoco se observa destrucción neta de empleo total. Lo que ocurre es que los sectores que más crecen no son necesariamente los más intensivos en mano de obra, lo que hace que la mejora en el mercado laboral resulte menos visible de lo que el ritmo del PIB sugeriría.
La economía está creciendo, y ese crecimiento comenzará a converger gradualmente como parte del proceso propio de esta transición, donde la heterogeneidad es una característica natural. Una macro más ordenada empieza a habilitar financiamiento, inversión y actividad, pero los canales de transmisión todavía operan con rezagos y diferencias sectoriales relevantes.
En síntesis, Argentina parece haber ingresado en una etapa distinta. Ya no se discute únicamente cómo evitar la inestabilidad, sino cómo transformar una mejora de confianza en financiamiento, inversión y crecimiento más amplio.
La oportunidad está en usar esta ventana para consolidar una economía menos dependiente de la excepcionalidad y más apoyada en reglas, profundidad financiera y capacidad productiva. Junio dejó como señal favorable que el crédito empieza a reconocer el cambio. El desafío es que esa mejora se traduzca, como parte de un proceso que ya ha comenzado, en una normalización más completa y en una recuperación más homogénea de la economía real.